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Detienen a director de Seguridad Pública en Tlaltenango, Zacatecas

La detención de Juan Diego “N”, quien hasta hace unos días encabezaba la Dirección de Seguridad Pública de Tlaltenango, representa un golpe devastador a la ya frágil confianza ciudadana en Zacatecas. Que el máximo responsable de salvaguardar el orden y la integridad de las familias sea capturado bajo la acusación de secuestro agravado no es un hecho que pueda leerse de forma aislada; es el síntoma de una infiltración criminal que ha convertido a las instituciones policiales en brazos operativos de la delincuencia. Cuando el uniforme se utiliza para someter en lugar de proteger, la línea entre la autoridad y el crimen desaparece, dejando a la población en un estado de indefensión absoluta.

Resulta particularmente inquietante la cronología que rodea este caso. El relevo del mando apenas unos días antes de que se ejecutara la orden de aprehensión levanta sospechas razonables sobre cuánto sabía el Ayuntamiento y cuándo decidió actuar. Aunque las autoridades municipales intenten presentar este cambio como una respuesta a la «petición ciudadana», el estruendo de un operativo federal para capturar a su exdirector desmiente cualquier narrativa de control interno. La tibieza en las declaraciones oficiales, que se limitan a pedir respeto por la presunción de inocencia, suena a una justificación vacía frente a una realidad donde los encargados de vigilar las calles presuntamente operaban desde la sombra para vulnerar la libertad de las personas.

Este caso es una prueba de fuego para los exámenes de control y confianza que, año tras año, se presentan como la panacea para sanear a las policías. Es evidente que los filtros han fallado o han sido corrompidos, permitiendo que perfiles peligrosos escalen hasta los peldaños más altos del poder local. La intervención del Ejército y la Guardia Nacional para esta captura confirma que la policía municipal de Tlaltenango estaba comprometida. Al final, lo que queda es un municipio herido por la traición institucional, donde la captura de un director es solo el inicio de una necesaria y profunda depuración que no debería detenerse hasta garantizar que el enemigo no esté durmiendo, una vez más, dentro de la comandancia.

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